La lógica del gran capital opera con sentido robótico cuando pretende trasladarse al terreno de la política.
Escrito por: Guido Gómez Mazara
La lógica del gran capital opera con sentido robótico cuando pretende trasladarse al terreno de la política. La dinámica de la inversión procura rentabilidad y produce una cultura de comportamientos propios que resultan exitosos en el mundo de los negocios, pero la jurisdicción electoral y la naturaleza social de los ciudadanos no necesariamente asimilan el torrente de inducción puesto en marcha desde la cúspide de la pirámide económica. En esencia, se diseñan planes para implementar frente a segmentos de aptitudes, conductas y sensibilidades totalmente diferentes.
Frank Moya Pons, en su libro Empresarios en Conflicto (1992), describe todo el proceso de políticas de industrialización y sustitución de las importaciones. Allí profundiza respecto del errático comportamiento de franjas empresariales conducidas por el interés de quebrar el experimento democrático de 1962, derrumbado en septiembre de 1963, con el auspicio de un altísimo porcentaje del patrimonio privado, altamente insatisfecho por la victoria de Juan Bosch en las primeras elecciones post ajusticiamiento de Trujillo. Las épocas no son iguales, pero el dato ilustra la divergencia de objetivos entre política y capital privado.
Hoy es fácil advertir la distancia abismal entre los patrimonios que caracterizaron el desarrollo del país en las primeras cuatro décadas a partir del 30 de mayo de 1961 y los de factura nueva, estructurados alrededor de un modelo económico global que ha servido de base para el crecimiento, la estabilidad y el avance institucional que hoy disfruta el país. Inclusive, su capacidad de adecuación y su talento colocan a una parte de los empresarios dominicanos en un sitial singular al momento de pasar balance sobre los avances del modelo democrático.
Sin embargo, esa capacidad de acumulación e innovación no se traduce automáticamente en éxito político. Los precedentes históricos están allí para recordarlo. En el histórico PRSC aparecen Donald Read, Jacinto Peynado y Carlos Morales. Los intentos en el PRD tienen en Jacobo Majluta, José Antonio Najri y Miguel Vargas susexpresiones fallidas. Y el intento del PLD con Gonzalo está muy fresco en la memoria de los ciudadanos.
No es que la política esté vedada para una aspiración de factura empresarial. El problema es que las reglas propias de los negocios no sintonizan con el verdadero interés del ejercicio público. Ahora bien, en la medida en que la vocación de servicio desapareció de la dinámica de actuación del bestiario partidario, se abrieron las compuertas al dinero como pretendida fuente de validación política.
Esos cruces de intereses entre la política y lo empresarial representan un esquema claramente definido. Verlo y analizarlo sin prejuicios es una tarea pendiente para un modelo político con niveles de abstención alarmantes. Ignorar esa realidad podría conducirnos a erráticas interpretaciones: ni todo capital económico produce liderazgo político, ni toda crisis de representación se resuelve con dinero.
Fuente: Hoy

