Por qué no debemos matar a la gallina de los huevos de oro del turismo
Escrito Por: José Luis Taveras
Conocí Acapulco en el 1999; perdía el último destello de sus tiempos primorosos, esos que vieron pasear por sus playas a Los Beatles, Marylin Monroe y Elvis Presley, entre otras celebridades. Era entonces la meca del turismo de playa de los 60 y 70.
Regresé en el 2018. Visité una ciudad contaminada, decadente e insegura. La presencia militar estaba normalizada, con una ostentación intimidante de fusiles FX-05 Xiuhcóatl. Hoy, esta ciudad del Pacífico sur mexicano se cuenta entre las 20 más violentas del mundo, y reporta una tasa de 71.12 homicidios por cada cien mil habitantes (2025); llegó a tener 143 por cada cien mil habitantes en el 2013. El estado de Guerrero ha quedado atrapado en la ruta troncal del narcotráfico y es epicentro de una violencia brutal entre los carteles que se disputan el control del puerto. Acapulco es un ruinoso museo que muestra con historia cómo se mata el turismo.
La semana pasada el empresario Frank Rainieri, fundador del Grupo Puntacana, calificó como insostenible el crecimiento inmobiliario y turístico en Punta Cana, sin un plan de ordenamiento territorial y sin inversiones en infraestructuras básicas de servicios. La ausencia de esas premisas asegura un crecimiento anárquico del principal centro turístico del Caribe insular.
Un plan de ordenamiento territorial conjuga normas, estrategias y proyectos a corto, mediano y largo plazo para ordenar equilibradamente el crecimiento urbano, proteger el medio ambiente y mejorar las condiciones de vida de los habitantes. Sin ese instrumento ni un plan rector del desarrollo turístico, el futuro de la zona es ominosamente predecible: arrabalización, sobrepoblación, informalidad, desorden ambiental e insuficiencia de los servicios.
Un crecimiento no planificado arrastra la degradación social y con ella la inseguridad. Parecido proceso vivió Acapulco antes de ser asaltada por el crimen organizado. En esa ruta marchan destinos como Ocho Ríos y Montego Bay y Kingston en Jamaica.
La advertencia de Rainieri no es tremendista. Se hace en un momento crítico en el que la expansión de la zona comienza sin planes ni controles. Sin atención de las municipalidades ni del Gobierno y sin apoyo del sector privado, especialmente del hotelero e inmobiliario.
Lo penoso es que nuestro modelo de desarrollo turístico se ha mantenido congelado desde el 1970. Han crecido los destinos, los visitantes, las atracciones, las habitaciones, pero para las mismas ofertas all inclusive. Seguimos plantados en el «turismo de fortaleza«, ese que confina al huésped a espacios aislados por dos o tres semanas sin conexión vital con el entorno. La sensación de aislamiento se percibe a pesar de las lujosas facilidades y servicios.
Un polo orgánico es el que convierte en residente al visitante a través de una convivencia armónica entre hoteles y destino. Pero no. Competimos con México caribeño tanto en el modelo como en las desatenciones a las comunidades vecinas, que crecen sin planeamiento, servicios básicos, seguridad ni orden urbano. Esos cuadros de fuerte asimetría dragan lentamente las inversiones turísticas.
Lejos de aislar los centros turísticos de las comunidades a las que pertenecen, el objetivo es abrir puentes de conexión cultural que le reporten al visitante vivencias distintas a las del claustro hotelero. Lo cierto es que, si las comunidades vecinas no ofrecen las seguridades ni las atracciones, entonces la industria seguirá atada al modelo del «placer penitenciario» de las ofertas, por eso los planes estratégicos de desarrollo turístico deben incluir a las comunidades y su diseño debe responder a ese arquetipo.
Llegó el momento de abogar por un replanteo del desarrollo de las zonas a partir de una visión de conjunto. Ni las cadenas hoteleras ni el turismo residencial o comercial pueden vivir de espaldas a los pueblos vecinos. Son cuadros de un mismo relato; sistemas de convivencia interdependientes que forman una misma unidad económica. La planificación y gestión de esas comunidades debe ser resultado de un esfuerzo compartido. Es hora de sentarse a planificar el desarrollo y fortalecer el futuro de una industria que aporta el 16 % del PIB. No matemos la gallina de los huevos de oro.
Fuente: Diario Libre

