Venezuela abre a Estados Unidos su subsuelo lleno de oro y de gas

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El Parlamento debate “nuevas reglas” para la minería e incentivar la inversión extranjera en un área manejada por grupos criminales

Burgum ha asegurado que el Gobierno de Venezuela dio garantías de seguridad a las compañías mineras interesadas en invertir en el país. La referencia a la seguridad fue reiterada en varias oportunidades en las declaraciones del funcionario en el país. Pero las zonas ricas en minerales, ubicadas al sur del país, han estado controladas por guerrilleros, bandas criminales y otros grupos ilegales durante mucho tiempo.

Cuando Donald Trump inició el año pasado el cerco contra Nicolás Maduro, puso en evidencia su interés en los recursos del país sudamericano. El despliegue de buques militares en el Caribe fue acompañado de declaraciones en las que el mandatario republicano aseguraba que Venezuela le había robado el petróleo a Estados Unidos. La intervención militar y la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores terminaron de precipitar los planes.

Además de poseer las mayores reservas de petróleo del mundo, la nación caribeña cuenta con enormes yacimientos de gas —los sextos a escala global—; grandes reservas de oro, las más importantes de América Latina; hierro, en el puesto 12 mundial; bauxita, en el 15; y diamantes. Antes del colapso chavista, el país había logrado avances significativos en la explotación y exportación de varios de estos rubros, en particular petróleo, gas, mineral de hierro y productos transformados de aluminio y acero, pilares de la Venezuela contemporánea.

A todo ello se suma una dotación relevante de las llamadas “tierras raras”, en especial coltán y torio, elementos químicos con propiedades magnéticas y de conductividad esenciales para la tecnología moderna: teléfonos móviles, vehículos eléctricos, armamento y energías renovables. Las llamadas arenas negras —un mercado dominado ampliamente por China— emergen como un botín que el presidente de Estados Unidos aspira a quitar a su rival comercial con el restablecimiento de las relaciones en Venezuela, a través de una transición política tutelada desde Washington.

Este año se cumple una década desde que Maduro firmó el decreto para la creación del Arco Minero del Orinoco, una franja de 112.000 kilómetros que abarca casi 12% del territorio nacional, en busca de nuevos ingresos para un país que tenía a su industria petrolera en ruinas. El chavismo condicionó al oro su supervivencia, que peligró cuando en 2019 llegaron las sanciones petroleras.

El líder chavista hoy preso en Nueva York llegó a repartir minas a gobernadores, alcaldes y ministros para que cubrieran el gasto fiscal. En la comercialización del oro, el chavismo se ha asociado con Turquía y Sudáfrica. En la producción, sin embargo, opera una red de “alianzas estratégicas” con empresas cercanas a la élite gobernante, bajo la tutela de la Corporación Venezolana de Minería. Estas conviven con actores irregulares como la guerrilla colombiana del Ejército de Liberación Nacional (ELN), disidencias de las FARC y bandas criminales como el Tren de Aragua.

Trabajadores en una mina de oro, en El Callao, Bolívar (Venezuela), en abril de 2023.Matias Delacroix (AP)

El balance es el de una devastación. Lejos de convertirse en un polo de desarrollo, el Arco Minero del Orinoco se ha transformado en un peligroso agujero de criminalidad, corrupción política y militar y contrabando, con el telón de fondo de un gran desastre ambiental que ha expandido la frontera de extractivismo a áreas naturales protegidas de los estados Bolívar y Amazonas. No se hace una minería de gran escala como la que aspiran a desarrollar las empresas estadounidenses interesadas en regresar al país, sino una explotación caótica y descontrolada, impulsada por el aumento global del precio de la onza de oro.

En informes de Naciones Unidas se han documentado graves violaciones de derechos humanos en este territorio que incluyen esclavitud y trata. Para algunos ambientalistas, lo extraído de las minas venezolanas puede considerarse “oro de sangre”. La organización S.O.S. Orinoco, que durante años ha denunciado la crítica situación en las zonas mineras, ha advertido que la licencia 51 otorgada por la Oficina de Control de Activos en el Extranjero a Minerven “mantiene el ecocidio y blanquea la riqueza criminal”.

En un comunicado, la ONG ha criticado que “la agenda proempresarial” ignora el sur de Venezuela como zona minera devastada por el conflicto que aún existe. “Estados Unidos se está convirtiendo en copartícipe del saqueo de nuestro patrimonio natural, recompensando la estructura de un régimen que continúa violando los derechos humanos y ambientales. El gobierno estadounidense es ingenuo al pensar que estas licencias reducirán el contrabando o la minería insostenible”.

Fuente: EL PAIS