Rubio en Múnich: elocuencia civilizatoria, silencios hemisféricos
Escrito Por: Josué Fiallo
En el salón del Hotel Bayerischer Hof, donde cada febrero se congrega el nervio expuesto de la alianza occidental, el secretario de Estado de los Estados Unidos Marco Rubio pronunció el 14 de febrero de 2026 un discurso que fue recibido con ovación de pie. Lo mereció, al menos como pieza oratoria. Después de un año en que su vicepresidente JD Vance había dejado a los europeos entre el estupor y la ofensa con una reprimenda pública sobre libertad de expresión y valores continentales, la voz de Rubio llegó como bálsamo: calmada, genealógica, envuelta en referencias a Mozart y a la catedral de Colonia, coronada por la confesión íntima de un hombre que rastreó sus ancestros hasta el Piamonte italiano y la Sevilla española.
Pero los discursos diplomáticos se leen tanto por lo que dicen como por lo que callan. Y los silencios de Múnich fueron, para quien escucha desde el Caribe y desde América Latina, tan elocuentes como los aplausos.
El Secretario de Estado articuló la tesis central de lo que podríamos llamar la doctrina civilizatoria trumpista: la alianza transatlántica no se funda en instituciones ni en principios universales, sino en lazos de sangre, fe cristiana, herencia cultural y memoria compartida. «Somos parte de una civilización, la civilización occidental«, declaró, y enumeró los vínculos que la sostienen: historia, fe, cultura, lengua, ancestro. Nótese lo que falta en esa lista. No dijo democracia. No dijo derechos humanos. No dijo estado de derecho. La alianza que propone no es jurídico-institucional; es étnico-cultural. Y esa distinción no es semántica: es el fundamento de un orden diferente.
Porque la civilización occidental no es el monolito que él describe. Es un campo de tensiones permanentes: Atenas contra Esparta, la Reforma contra la Contrarreforma, la Ilustración contra el Antiguo Régimen, el liberalismo contra el fascismo. Su grandeza, si se quiere usar esa palabra, radica precisamente en su capacidad de cuestionarse a sí misma, de someter sus propias premisas a escrutinio, de producir simultáneamente la Inquisición y a quienes la denunciaron. Pedir una Europa «sin disculpas por su herencia» no es defender una civilización. Es momificar una narrativa selectiva sobre ella.
Rubio dedicó un pasaje entero a demostrar la irrelevancia de las Naciones Unidas, enumerando los casos donde, según él, fue la acción americana y no la institucional la que produjo resultados: las bombas B-2 sobre Irán, las fuerzas especiales en Venezuela, la diplomacia directa en Ucrania. El mensaje era cristalino: donde las instituciones fracasan, Estados Unidos actúa.
Pero este argumento padece de una falacia circular que no resiste el análisis. Las instituciones multilaterales no tienen voluntad propia. Son instrumentos de los Estados que las componen. Cuando el Consejo de Seguridad se paraliza frente a Ucrania, no es porque la institución haya fallado: es porque un miembro permanente con derecho de veto bloquea toda acción. Culpar a la ONU de su propia parálisis es como culpar al bisturí de que el cirujano no opera. Y quien últimamente ha contribuido más que nadie a esa parálisis, retirándose de acuerdos, desfinanciando agencias, vetando resoluciones y despreciando consensos, son ellos. La profecía autocumplida elevada a doctrina de Estado.
Para los países pequeños, para una República Dominicana, para las naciones del Caribe, el multilateralismo no es una abstracción prescindible. Es la única arquitectura que nivela, siquiera parcialmente, la asimetría brutal del poder. Desmantelarlo en nombre de la eficacia es desmantelar la única protección de los que no tienen poder de fuego.
Rubio calificó las políticas climáticas como sumisión a un «culto climático». Un culto. Así definió el consenso científico más robusto de nuestra era, respaldado por más del 97% de la comunidad científica internacional. Lo dijo desde un hotel bávaro a 500 metros sobre el nivel del mar. No lo dijo en Barbuda después del huracán Irma, que destruyó el 95% de las estructuras de la isla en una noche. No lo dijo frente a los pescadores de Samaná que ven morir los corales.
Para los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo, el cambio climático no es ideología. Es la amenaza existencial más inmediata que enfrentan: el mar que sube, la temporada ciclónica que se intensifica, la infraestructura costera que desaparece. Cuando una potencia que ha contribuido históricamente al calentamiento global llama «cultistas» a quienes exigen acción, no está ejerciendo liderazgo. Está abandonando a quienes más la necesitan.
Y aquí la ironía alcanza su punto más doloroso. Marco Rubio, hijo de Mario Rubio y Oria García, cubanos que llegaron a Estados Unidos en 1956 beneficiándose de la política migratoria más generosa que Washington ha ofrecido a cualquier grupo nacional, se paró en Múnich para declarar que la migración masiva amenaza «la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo«. Y que constituye «una amenaza urgente a la supervivencia de nuestra civilización misma«.
Si las políticas que Rubio denuncia hubieran existido en 1956, sus padres habrían sido cifras en una estadística de rechazados. Él no habría sido senador por Florida. No estaría de pie en el Bayerischer Hof hablando de civilización occidental. La migración no es un fenómeno que se resuelve con retórica existencial; es el resultado de guerras, colapsos económicos, desastres climáticos y persecución política, precisamente las condiciones que las instituciones multilaterales que Rubio desdeña fueron creadas para mitigar.
Pero quizá la fragilidad más profunda del discurso de Múnich no es lo que Rubio dijo, sino lo que su propio gobierno contradice cada día. Europa escucha a un secretario de Estado que invoca a Mozart y dice «pertenecemos juntos», mientras el presidente que lo envió llama a las naciones europeas «débiles» y «en decadencia», amenaza con aranceles por Groenlandia, y coquetea abiertamente con la idea de que Europa se las arregle sola. Un vicepresidente que reprende y un secretario que acaricia. Un subsecretario que habla de OTAN renovada y un comandante en jefe que tuitea insultos a la madrugada.
Kaja Kallas, la jefa de la diplomacia europea, lo dijo mejor que nadie: el discurso fue tranquilizador, pero «en la administración, algunos tienen un tono más duro». La pregunta que los europeos formulan en voz baja es la que ningún discurso resuelve: ¿con quién estamos negociando?
Sobre Ucrania, la omisión fue ensordecedora: Rusia no apareció ni una sola vez en el cuerpo del discurso. En la sesión de preguntas, Rubio habló de buscar «términos que Ucrania pueda aceptar y que Rusia acepte«. No dijo términos justos. No dijo términos conformes al derecho internacional. Dijo términos con los que ambas partes puedan vivir. Es la gramática de la transacción, no la del principio. Y en el contexto de una invasión ilegal, esa gramática tiene un nombre incómodo: apaciguamiento pragmático.
Sobre China, el autodenominado halcón adoptó un pragmatismo casi zen: las dos mayores economías deben comunicarse, sería «negligencia geopolítica» no hacerlo. Razonable en sí mismo, devastador en contexto. Washington pide a sus aliados que se desvinculen de Beijing mientras busca su propio acomodo bilateral con Xi Jinping. El mensaje a los socios es nítido: hagan lo que decimos, no lo que hacemos. Para países como República Dominicana, cuya relación comercial con China ha crecido exponencialmente, esta doble vara no solo es contradictoria: es inaplicable.
Y es aquí donde la reflexión se vuelve urgente para nuestro hemisferio. En el marco doctrinario de Múnich, América Latina no existe como contribuyente civilizatoria. Es «hogar» para Estados Unidos, pero no «herencia». Es escenario de intervención (Venezuela mencionada como éxito operativo), pero no socio. Los países que son, tanto como Estados Unidos, hijos de Europa, y también hijos de África y de los pueblos originarios, no aparecen en la genealogía que Rubio celebra.
República Dominicana debe acoger la X Cumbre de las Américas en Punta Cana (algún día). En la lógica del discurso de Múnich, esa cumbre solo tiene sentido como mecanismo de alineamiento hemisférico, no como foro de diálogo entre iguales. Las Cumbres nacieron en 1994 con la promesa de un hemisferio de democracias cooperando en pie de igualdad. Si esa promesa se reduce a una cadena de mando disfrazada de multilateralismo, Punta Cana corre el riesgo de ser un escenario elegante para una conversación vacía.
Rubio habló de Lorenzo y Catalina Geroldi en el Piamonte. De José y Manuela Reina en Sevilla. Contó la genealogía que conviene: la europea, la cristiana, la del explorador. Dejó fuera la del exiliado, la del migrante la del indígena, la del que llega sin papeles a una costa que no lo esperaba. Dejó fuera la otra mitad de su propia historia.
Afuera del Bayerischer Hof, en algún punto del Mediterráneo, un bote con migrantes seguía navegando hacia Europa. Nadie en el salón lo mencionó.
Fuente: Josue Fiallo

